Fueron sólo algunos destellos de esperanza los que por algunos años dieron un respiro a quienes dedicaron gran parte de sus vidas buscando mejores condiciones de vida para nuestro pueblo, entre ellos nuestra independencia, el decreto de las leyes de Reforma, la constitución de 1917 y la nacionalización del petróleo, quizás algunas más.
Sin embargo, el saqueo, muerte y represión han sido parte del quehacer cotidiano en la vida política de México. Un imperio nacido de la guerra de independencia, una jauría de conservadores entreguistas en constante búsqueda por mantener los privilegios de una élite acomodada, dictadores declarados y camuflados, tal cual un lobo disfrazado de oveja. Y pese a las constantes luchas y desventuras del México del siglo XIX, aún hoy en 2012 no parece que hayamos cambiado mucho.
Seguimos siendo un pueblo hundido en la miseria, con una clase gobernante que vela por los intereses de unos cuantos y se olvida del bienestar de todos. La diferencia entre el campesino del siglo pasado y el obrero actual es que quizás éste último tiene una serie de comodidades antes inexistentes: un televisor, un radio, una educación mínima o casi inexistente. Pero fuera de eso, el entorno social de México no parece diferir mucho en 100 años.
Claro está que quienes tengan acceso a estas letras quizás no piensen igual. ¿Cómo es que no cambiamos nada en 100 años? Tenemos autos, más empleos, mejores salarios, más derechos, más seguridad, mejores casas, más carreteras, clases de inglés, más universidades, más estudiantes, etc. Quienes tienen la dicha de haberse aventurado a las regiones rurales y más marginadas de nuestro país sabrán de lo que hablo.
Año tras año, sexenio tras sexenio nuestros gobernantes nos presumen los increíbles logros en materia de salud, educación, empleo y seguridad. Nunca habíamos estado mejor, dicen. Pareciera que si dichos discursos fueran ciertos, México no sería el país en vías de desarrollo que es ahora. Un país que no sólo tiene los recursos naturales para ser una potencia mundial, sino también el capital humano capacitado para lograr tan ansiada empresa.
Pero al día de hoy seguimos estancados en el hoyo, y nuestra clase gobernante sigue cavando. No acabamos de entender que si queremos que las cosas se hagan bien, hay que hacerlas por nosotros mismos. No logramos comprender que los grandes avances del siglo XIX en México, aquellos logros que marcaron épocas en la historia de nuestro país, fueron debido a un puñado de hombres libres que creían que el camino para lograr la paz y prosperidad de nuestro pueblo se encontraba en el bienestar del mismo pueblo, de todos, no sólo de unos cuantos.
Hoy nos pasan por encima, nos tienen acostumbrados a ello y tal es así que muchos de nuestros hermanos ya no reclaman a quien por su codicia los mantiene arrodillados. Pero nada dura para siempre, cada día nacen nuevos mexicanos, nuestra sangre se renueva al igual que nuestros deseos de alcanzar un mejor futuro para todos nosotros y nuestros seres queridos.
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